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miércoles, 20 de mayo de 2009

Lo que compartimos: la aventura de ser maestro


Vivir la docencia como una aventura implica reflexionar sobre la labor diaria, con el fin de encontrar nuevas formas de enseñar, de comunicarnos con los alumnos y de introducirlos en la "aventura del aprendizaje".


¿Qué compartimos los docentes en esta aventura?

Problemas:
  • La desvinculación entre la formación profesional y las competencias requeridas para desempeñarnos eficientemente, lo que exige nuestra disposición para la actualización permanente.
  • La desarticulación existente entre los diferentes ciclos de educación, por lo que los alumnos de nuevo ingreso no cuentan con el perfil necesario para cursar sus estudios de educación media superior. Nuestro compromiso ante esta situación es sentar las bases para que los jóvenes continuen sus estudios eficientemente.
  • El trabajo a marchas forzadas y "carrereado", debido a que existen incongruencias entre la extensión de los programas de estudio y el tiempo real disponible para el desarrollo de los temas y actividades. Así, hacemos uso de nuestra ingenio para implementar estrategias que permitan a los alumnos cumplir con los objetivos de aprendizaje, pese a las limitantes de tiempo.
  • Las características del medio social, cultural y económico en el que viven los alumnos, el cual en ocasiones contribuye a la falta de motivación para el estudio; por lo que es nuestra responsabilidad y compromiso acercar el aula a la realidad de los adolescentes.
Preocupaciones:
  • Por construir una identidad docente congruente con las expectativas de las autoridades, los padres, los alumnos y la sociedad en general.
  • Por transformar la forma en que desarrollamos nuestra labor, de tal manera que ésta responda a la realidad del siglo XXI.
  • Por encontrar la mejor forma de "enganchar" a los alumnos en el proceso de aprendizaje y despertar su curiosidad por el conocimiento, considerando que como adolescentes tienen necesidades, intereses y problemáticas que no siempre coinciden con los objetivos formales de los programas de estudio.
  • Por encontrar la mejor forma de "hacer contacto con los jóvenes" para ayudarlos a vencer sus limitaciones personales, familiares, económicas y sociales.
  • Por la realización de un proceso de planeación congruente, que nos permita estar técnicamente preparados para abordar en clase los contenidos, considerando las características de los alumnos y de la materia.
Satisfacción:
  • Por aprender a ser maestro en el trabajo diario con los alumnos, encontrando la forma de llevar a la práctica las teorías pedagógicas y los fundamentos técnicos.
  • Por tener la capacidad de valorar el propio trabajo con una actitud crítica que permita reconocer y superar las deficiencias.
  • Por ayudar a los jóvenes a descubrir el placer que da el aprendizaje y el valor del conocimiento para enfrentarse a la vida.
  • Por proporcionar a los jóvenes una formación integral, humana y con valores, que contribuye no sólo a su tránsito a la educación superior; sino que además favorece su desarrollo personal y su ingreso a la sociedad como individuos comprometidos y conscientes de su realidad.
  • Por saber que los contenidos trabajados en el aula se convierten en aprendizajes útiles para los alumnos en su vida académica, laboral o personal.
Retos:
  • Mejorar cada día nuestras competencias docentes para responder adecuadamente a las metas de calidad educativa planteadas por la RIEMS.






Mi confrontación con la docencia



La historia de mi vocación como profesora se inicia en mi infancia, pues mis dos padres eran maestros normalistas. Los dos fueron mis maestros durante toda la primaria y, aunque formados en un enfoque tradicionalista, me enseñaron a amar la docencia.

De mi madre, quien siempre atendió a grupos de primero y segundo de primaria, aprendí la disciplina y dedicación necesarias en esta profesión. Siempre he admirado el trabajo que realizaba como profesora, pues lograba cosas increíbles con los niños, tal como enseñar a escribir a un pequeñito que no tenía manos o enseñar a hablar, leer y escribir en castellano a una niña que hablaba náhuatl. Para ella no había imposibles y los niños siempre aprendían.

Por su parte, mi padre, maestro de cuarto, quinto y sexto grado de primaria, me enseñó el valor del ingenio para inventar estrategias que facilitaran el aprendizaje.

Recuerdo que cuando tenía 11 años, le dije a mi mamá que yo quería estudiar en la Normal para ser maestra. Sorpresivamente su respuesta fue: "No. No todos los maestros son como tu papá y yo". En ese momento no entendí lo que quería decirme, pero con el tiempo me di cuenta de que tenía razón: no todos los maestros aman su profesión.

Ante esta negativa, continué estudiando la secuandaria y la preparatoria, y cuando llego el momento de escoger una carrera universitaria yo estaba hecha un lío. Entonces, mi hermana mayor me comentó que ella tenía una amiga que había estudiado psicología y que iba a poner una escuela de educación especial.

En ese momento pensé: "si estudio psicología seré maestra y de mi propia escuela". Así que ingrese a la ENEP Iztacala a la licenciatura en psicología y me encantó. Estos estudios me dieron bases teóricas y prácticas que ahora aplico como profesora, tales como las teorías y mecanismos del aprendizaje, la motivación humana, el papel de la emociones, etc.

Yo no quitaba el dedo del renglón. Al mismo tiempo que estudiaba psicología ayudaba a mi madre a hacer su diario de clase, a calificar exámenes y en algunas ocasiones hasta me dejó dar clase a su grupo.

Cuando tenía 19 años y cursaba el sexto semestre de la carrera, mi padre me consiguió trabajo en una secundaria abierta dando asesorías de matemáticas. En realidad fue un desastre, pues no yo dominaba la materia ni los alumnos a los que asesoraba tenían intención de aprender.

Al terminar la carrera busqué empleo como psicóloga y empecé a trabajar en una escuela de educación especial. Durante el año que trabajé en esta escuela aprendí que no todo lo que dicen los libros se puede aplicar en la realidad.

Después de esto, fui contratada en la Preparatoria 11 del Estado de México como orientadora escolar. Más tarde, por situaciones administrativas, dejé la orientación y empecé a trabajar en la misma escuela como profesora horas clase.

En los casi 20 años que tengo trabajando en la Prepa 11, he aprendido mucho de mis compañeros, pero especialmente del equipo de directivos de la escuela, quienes me han enseñado la importancia de la responsabilidad y el compromiso con nuestra labor.

Ahora me doy cuenta de que el amor por la profesión no basta y que:

  • Es necesario actualizarse permanentemente para cumplir satisfactoriamente con nuestro papel.
  • La enseñanza tradicional sólo lleva a los alumnos a la memorización mecánica, más que al aprendizaje a largo plazo.
  • Cuando un alumno "reprueba", el maestro también reprueba.
Siempre me siento orgullosa cuando logro que los alumnos se comprometan y responsabilicen con su superación personal y académica. También he tenido la satisfacción de recibir la visita de exalumnos, quienes me buscan para que los apoye en alguna tarea de la universidad, o bien para solicitarme algún consejo personal.

Creo que no he hecho tan mal mi trabajo, sin embargo, estoy consciente de que he cometido errores que en muchas ocasiones han llevado a algunos de mis alumnos ha reprobar la materia.

En la actualidad estoy aprendiendo a vencer la brecha generacional y tecnológica, con el fin de comprender mejor las necesidades de mis alumnos, quienes viven en una realidad muy diferente a la que yo viví como adolescente.